En 1497, Vasco da Gama zarpó de Lisboa con cuatro barcos y una misión que podía cambiar el destino de Portugal: encontrar una ruta marítima hasta la India rodeando África.
No era una empresa menor, el océano Atlántico seguía siendo un lugar inmenso y peligroso. Las distancias eran difíciles de calcular, las enfermedades podían diezmar una tripulación y nadie sabía con certeza qué encontraría después de doblar el extremo sur del continente.
El viaje duró casi dos años. Da Gama descendió por el Atlántico, rodeó el cabo de Buena Esperanza, subió por la costa oriental de África y, finalmente, cruzó el océano Índico hasta llegar a Calicut. De los 170 hombres que partieron, solo 55 regresaron a Portugal.
El viaje abrió una ruta que transformaría Portugal. Durante las décadas siguientes, los portugueses construirían una red comercial y militar que se extendería por África y el océano Índico, desde Goa hasta Malaca y, con el tiempo, incluso hasta Japón. Por eso aquel viaje ocupa un lugar tan importante en la historia portuguesa.
Incluso visto desde nuestra época, cuesta no maravillarse ante semejante aventura. Precisamente por eso resulta difícil creer la historia que viene ahora, porque según un escritor griego que vivió casi dos mil años antes, alguien ya había circunnavegado África. Lo más extraordinario es que existe un pequeño detalle en el relato que parece absurdo, tan absurdo que el propio escritor que nos transmitió la historia la consideraba falsa. Pero precisamente ese detalle es el que hoy en día nos lleva a pensar que es posible que dicha narración sea cierta.
El padre de la historia
Heródoto vivió en el siglo V antes de nuestra era. Es conocido tradicionalmente como el «padre de la historia», aunque quizá una descripción más moderna sería decir que tenía algo de historiador, pero también de geógrafo, de viajero y de periodista.
En su gran obra, “Historias”, relata guerras, describe las costumbres de pueblos lejanos y recoge relatos que escuchó durante sus viajes. A veces daba por bueno lo que le contaban; en otras ocasiones tenía dudas, pero lo documentaba simplemente porque le parecía demasiado interesante como para dejarlo fuera de sus crónicas, aunque él mismo sospechara que podía ser falso.
En el cuarto libro de las “Historias” aparece uno de esos relatos de los que el historiador dudaba. Heródoto habla de África y menciona una expedición extraordinaria que habría ocurrido mucho antes de su nacimiento. Según el relato, el faraón egipcio Necao II quiso averiguar si África estaba rodeada por mar y para ello envió a unos navegantes fenicios a comprobarlo.
Los fenicios fueron unos de los grandes navegantes del Mediterráneo antiguo. La expedición encargada por el faraón partió desde el Mar Rojo y comenzó a navegar hacia el sur. El plan parecía sencillo: seguir la costa. Pero África es grande, muy grande. Según Heródoto, el viaje duró tres años. Durante el trayecto, los navegantes desembarcaban cuando llegaba la estación adecuada, sembraban cereal, esperaban a que creciera y, después de recoger la cosecha, continuaban navegando hasta que, finalmente, aparecieron por las Columnas de Hércules, el actual estrecho de Gibraltar. ¡Habían regresado al Mediterráneo!
Si la historia es cierta, este grupo de fenicios habría circunnavegado África hacia el año 600 antes de nuestra era, mucho antes de que existiera el Imperio romano e incluso, antes de la Grecia clásica de Sócrates y Platón. El relato en sí mismo ya resulta extraordinario, y aún no he contado el detalle que Heródoto consideraba más extraño: Según sus autores, en cierto tramo del trayecto, habían navegado hacia el oeste con el Sol a la derecha. Heródoto lo dejó escrito y añadió, básicamente, que quien quisiera creer aquello podía hacerlo, pero que él no.
La frase parece casi trivial: el Sol estaba a su derecha, ¿y qué? Pero intentemos pensar como alguien que hubiera vivido toda su vida en Egipto o Grecia, donde el Sol y las estrellas formaban parte de las herramientas básicas para orientarse. El cielo tiene un orden. El Sol sale por un lado, recorre una región conocida del firmamento y desaparece por el otro. Puedes viajar, navegar durante semanas, o atravesar montañas. Pero el cielo sigue comportándose más o menos como siempre lo has conocido. Y de repente llegan unos marineros fenicios y nos dicen que, después de navegar durante mucho tiempo, el Sol apareció donde no debería estar. Para Heródoto aquello sonaba como una buena razón para desconfiar.
Cambiemos de hemisferio
Imaginemos la Tierra vista desde fuera y sigamos la ruta de los fenicios. Partimos de Egipto, descendemos por el mar Rojo y continuamos bordeando África. Cruzamos el ecuador y seguimos todavía más al sur, hasta rodear el extremo del continente.
Allí ocurre algo que para un habitante del Mediterráneo habría resultado profundamente extraño. En Egipto o Grecia, al mediodía, el Sol está hacia el sur. Pero en el extremo meridional de África sucede lo contrario: el Sol del mediodía aparece hacia el norte.
Ahora coloquemos el barco. Los fenicios ya han rodeado África y navegan hacia el oeste. Si el oeste está delante de ellos, el norte queda a su derecha. Y allí está el Sol, a su derecha, exactamente como habían contado. Y así, aquello que a Heródoto le parecía una señal de que la historia era falsa, se convierte, para nosotros, en una razón para pensar que al menos una parte del relato podría ser auténtica.
Una pista involuntaria
La precisión del detalle que hizo dudar a Heródoto no significa que podamos afirmar que la circunnavegación de África ocurrió cuando y cómo el la narra. Sobre ella solo tenemos este relato, escrito mucho después de los hechos que describe, y algunas partes de la historia plantean preguntas difíciles, entre ellas: ¿Cómo sobrevivieron los navegantes durante tres años? y ¿hasta qué punto podían navegar por costas completamente desconocidas?
El texto de Heródoto no es una demostración, pero el detalle astronómico es difícil de ignorar. Si alguien hubiera inventado la historia, ¿por qué introducir un elemento que la hacía parecer menos creíble? ¿Por qué añadir una observación absurda para alguien acostumbrado al cielo del Mediterráneo, pero perfectamente razonable para quien hubiera navegado suficientemente lejos hacia el sur?
No sabemos cómo llegó aquella frase hasta Heródoto. Quizá pasó de marinero en marinero durante generaciones. Quizá el relato cambió muchas veces antes de que él lo escuchara. Pero el detalle sobrevivió y hay una pequeña lección científica escondida en esta historia.
Cuando algo no encaja con lo que creemos saber, la tentación natural es descartarlo. A veces es lo correcto; las personas se equivocan, los relatos se exageran y las observaciones pueden ser incorrectas. Pero otras, lo extraño no está en la observación, sino en nuestra manera de entender el mundo.
Heródoto escuchó que unos navegantes habían visto el Sol donde, según su experiencia, no debía estar. No lo creyó, pero hizo algo extraordinariamente valioso: lo escribió. No corrigió la historia para hacerla más razonable; no hizo desaparecer el detalle incómodo, lo dejó allí y más de dos mil años después la misma frase que lo llevó a desconfiar nos conduce hacia la conclusión contraria. No sabemos con certeza si aquellos hombres rodearon África, pero sí que si llegaron lo suficientemente lejos hacia el sur, lo que describieron en el cielo es justamente lo que deberían haber visto. Tal vez Heródoto pensó que había encontrado el punto débil del relato y puede que, sin darse cuenta, haya conservado su mejor evidencia.
Referencias
- Heródoto. Historias, libro IV, 42. Traducción de A. D. Godley. Perseus Digital Library, Tufts University (consultado el 16 de septiembre de 2026). https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A1999.01.0126%3Abook%3D4&force=y
- Subrahmanyam, S. (1997). The Career and Legend of Vasco da Gama. Cambridge University Press. https://books.google.com/books/about/The_Career_and_Legend_of_Vasco_Da_Gama.html?id=8wqMWl6sSwwC
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